Camellos hacen canciones como quien tira una piedra y mira a ver qué pasa. Guitarras tensas, letras ácidas y ese don especial para retratar lo cotidiano cuando ya empieza a oler a chamusquina. Todo con su dosis de humor, de comentario social oblicuo, de ironía fina. No van de listos ni de salvadores: se ríen antes de que el mundo les pase por encima y convierten el cabreo en combustible. Hay sarcasmo, ruido y costumbrismo torcido, todo al servicio de un rock directo que no pide perdón ni permiso.